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Reflexiones de Santa Faustina Kowalska sobre la paciencia

En diversos pasajes del Diariola Divina Misericordia en mi alma, Santa Faustina Kowalska reflexiona sobre la virtud de la paciencia, llegando a la conclusión de que es la que nos hará vencer en medio de las dificultades de la vida. Incluso, llega a afirmar que es una prueba necesaria antes de recibir una gracia extraordinaria de Dios.

Es precisamente en los momentos de contrariedad cuando la paciencia y la confianza en la Divina Misericordia nos harán alcanzar la victoria final, aunque esta se manifieste después de años.

A continuación, os dejo las reflexiones de Santa Faustina, junto con el numeral del Diario en las que podéis encontrarlas:

“Entre las más grandes dificultades y contrariedades no pierdo la paz interior ni el equilibrio en lo exterior y esto desanima a los adversarios. Entre las contrariedades, la paciencia refuerza al alma” (Diario, 607).

“¡Oh Jesús, dame fortaleza y sabiduría para atravesar esta pavorosa selva, para que mi corazón sepa soportar pacientemente el deseo ardiente de Ti, oh Señor mío! Permanezco siempre en sagrado asombro cuando siento que Te estás acercando a mí. Tú, el Soberano del trono terrible, bajas al miserable destierro y vienes a una pobre mendiga que no tiene nada más que la miseria. No sé hospedarte, ¡oh mi Príncipe!, pero Tú sabes que Te quiero con cada latido de mi corazón. Veo Tu humillación, sin embargo, Tu Majestad no disminuye a mis ojos. Sé que me amas con el amor del esposo y eso me basta, a pesar de que nos separa un gran abismo, porque Tú eres el Creador y yo Tu criatura. Pero el amor es la única explicación de nuestra unión, fuera de él todo es inconcebible. Solo con el amor se comprende la inconcebible familiaridad con la que me tratas. ¡Oh Jesús!, Tu grandeza me espanta y permanecería en un continuo asombro y temor si no me tranquilizaras Tú Mismo. Tú me haces capaz de tratar Contigo siempre antes de acercarte” (Diario, 885).

“Hay aquí cierta persona que antes era nuestra alumna. Naturalmente me ejercita en la paciencia, me visita varias veces al día. Después de cada visita estoy cansada, pero veo que es el Señor Jesús quien me ha mandado este alma. Que todo Te alabe, ¡oh Señor! La paciencia da gloria a Dios. ¡Oh, qué pobres son las almas!” (Diario, 920).

“Hay momentos en los cuales no tengo confianza en mí misma, estoy profundamente convencida de mi debilidad y miseria y comprendo que en tales momentos puedo perseverar solamente confiando en la infinita Misericordia de Dios. La paciencia, la oración y el silencio refuerzan el alma. Hay momentos en los cuales el alma debe callar y no conviene que hable con las criaturas. Aquellos son los momentos de insatisfacción de sí misma y el alma se siente débil como un niño, entonces, se agarra con toda la fuerza a Dios. En tales momentos vivo exclusivamente de la fe y cuando me siento fortalecida por la Gracia de Dios, entonces soy más valiente en la conversación y en las relaciones con el prójimo” (Diario, 944).

“Antes de cada gracia muy grande, mi alma es sometida a una prueba de paciencia, porque la siento pero no la poseo todavía. Mi espíritu se agita, pero la hora aún no ha llegado. Esos momentos son tan misteriosos que es difícil escribir de ellos” (Diario, 1084).

“No es cosa fácil soportar alegremente los sufrimientos y sobre todo los no merecidos. La naturaleza corrupta se rebela y aunque la voluntad y el intelecto están por encima del sufrimiento siendo capaces de hacer el bien a aquellos que les hacen sufrir, sin embargo, el sentimiento hace mucho ruido y como un espíritu inquieto asalta la voluntad y el intelecto, pero al ver que nada puede hacer por sí solo, se calma y se somete al intelecto y a la voluntad. Como una fealdad irrumpe en lo íntimo y hace mucho ruido al quererlo solo escuchar cuando no está atado corto por la voluntad y el intelecto” (Diario, 1152).

“Meditación. Durante la meditación, la hermana que tiene su reclinatorio al lado del mío, carraspea y tose continuamente, a veces sin interrupción. Una vez me vino la idea de cambiar de lugar para el tiempo de meditación, en vista de que era ya después de la Santa Misa; sin embargo, pensé: si cambio de lugar la hermana se dará cuenta y sentirá, quizá, un disgusto por haberme alejado de ella. He decidido continuar con la oración y en mi lugar ofreciendo a Dios un acto de paciencia. Al final de la meditación, mi alma fue inundada de tanta consolación enviada por Dios cuanta pudo soportar mi corazón y el Señor me hizo saber que si me hubiera alejado de esa hermana me habría alejado también de las gracias que descendieron sobre mi alma” (Diario, 1311).

“Retiro espiritual mensual de un día. Durante estos ejercicios espirituales, el Señor me ha dado la luz de un más profundo conocimiento de Su Voluntad y al mismo tiempo del total abandono a esta Santa Voluntad de Dios. Esta luz me ha fortalecido en una paz profunda, dándome a comprender que no debo tener miedo de nada menos del pecado. Cualquier cosa que Dios me envíe, la aceptaré con una total sumisión a Su Santa Voluntad. Dondequiera que Él me ponga, trataré de cumplir fielmente Su Santa Voluntad y todo lo que le agrade, siempre que esté en mi poder, aunque esta Voluntad de Dios fuera para mí dura y pesada como lo fue la Voluntad del Padre Celestial para con Su Hijo que rezaba en el Huerto de los Olivos. Pues me he dado cuenta de que si la Voluntad del Padre Celestial se cumple de este modo en Su Amadísimo Hijo, entonces precisamente de este mismo modo se cumplirá también en nosotros: sufrimientos, persecuciones, ultrajes, deshonor, con todo esto mi alma se asemeja a Jesús. Y cuanto más grande es el sufrimiento, tanto mejor veo que me asemejo a Jesús. Este es el camino más seguro. Si otro camino fuera mejor, Jesús me lo indicaría. Los sufrimientos no me quitan la paz en absoluto, pero, por otra parte, aunque gozo de una paz profunda, no obstante, esta paz profunda no me quita la sensación del sufrimiento. Aunque, a veces, tengo la cara inclinada hacia la tierra y las lágrimas corren en abundancia, sin embargo, en ese mismo momento mi alma goza de una paz profunda y de felicidad…” (Diario, 1394).

“He aprendido que la mayor fuerza está oculta en la paciencia. Veo que la paciencia siempre conduce a la victoria, aunque no inmediatamente, pero la victoria se manifestará después de años. La paciencia va unida a la mansedumbre” (Diario, 1514).

“En los momentos de dudas no actuaré, sino que buscaré cuidadosamente una explicación entre el clero y especialmente en mi director espiritual. No justificarme de los reproches y las observaciones hechas por cualquiera, excepto el caso de ser interrogada directamente para dar testimonio de la verdad. Escuchar con gran paciencia las confidencias de los demás, encargarme de sus sufrimientos, confortándolos, y sumergir mis propios sufrimientos en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Nunca salir de las profundidades de Su Misericordia e introducir en ella al mundo entero” (Diario, 1550).

El abandono a la confianza

Sor Faustina Kowalska relata en diversos pasajes de su Diario, la Divina Misericordia en mi alma las grandes tinieblas espirituales que padecía. No obstante, ella misma reconoce que se trata de pruebas enviadas por Dios y que pueden superarse si se confía plenamente en Jesús.

En estos momentos de oscuridad, el sentir el rechazo de Dios turba al alma, cayendo en pensamientos de desaliento, pero si la persona se abandona a la confianza total en Jesús, aunque se sienta condenada, está salvada. Solamente la desconfianza, la falta de fe y la desesperación pueden apartar a un alma de Dios.

Mi mente estaba extrañamente oscurecida, ninguna verdad me parecía clara. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una roca. No lograba sacar del corazón ni un solo sentimiento de amor hacia Él. Cuando con un acto de voluntad trataba de permanecer junto a Dios, experimentaba grandes tormentos y me parecía que con ello causaba una ira mayor de Dios. No podía absolutamente meditar tal y como meditaba anteriormente. Sentía un gran vacío en mi alma y no conseguía llenarlo con nada. Empecé a sentir el hambre y el anhelo de Dios, pero veía toda mi impotencia. Trataba de leer despacio, frase por frase y meditar del mismo modo, pero fue en vano. No comprendía nada de lo que leía. Delante de los ojos de mi alma estaba constantemente todo el abismo de mi miseria. Cuando iba a la capilla por algunos ejercicios espirituales, siempre experimentaba aún más tormentos y tentaciones. A veces, durante toda la Santa Misa luchaba con los pensamientos blasfemos que trataban de salir de mis labios. Sentía aversión por los santos sacramentos. Me parecía que no sacaba ninguno de los beneficios que los santos sacramentos ofrecen. Me acercaba [a ellos] solamente por obediencia al confesor y esa ciega obediencia era para mí el único camino que debía seguir y [mi] tabla de salvación. Cuando el sacerdote me explicó que esas eran las pruebas enviadas por Dios y que, `con el estado en que te encuentras no solo no ofendes a Dios, sino que le agradas mucho, es una señal que Dios te ama inmensamente y que confía en ti, porque te visita con estas pruebas´. No obstante, esas palabras no me consolaron, me parecía que no se referían en nada a mí. Una cosa me extrañaba. A veces cuando sufría enormemente, en el momento de acercarme a la confesión, de repente todos estos terribles tormentos cesaban; pero cuando me alejaba de la rejilla, todos esos tormentos volvían a golpearme [con] mayor furia. Entonces me postraba delante del Santísimo Sacramento y repetía estas palabras: `Aunque me mates, yo confiaré en Ti´. Me parecía que agonizaba en aquellos dolores. El pensamiento que más me atormentaba era que yo era rechazada por Dios. Luego venían otros pensamientos: ¿Para qué empeñarme en las virtudes y en buenas obras? ¿Para qué mortificarme y anonadarme? ¿Para qué hacer votos? ¿Para qué rezar? ¿Para qué sacrificarme e inmolarme? ¿Para qué ofrecerme como víctima en cada paso? ¿Para qué, si ya soy rechazada por Dios? ¿Para qué estos esfuerzos? Y aquí solamente Dios sabe lo que ocurría en mi corazón” (Diario, 77).

Terriblemente atormentada por estos sufrimientos entré en la capilla y de la profundidad de mi alma dije estas palabras: `Haz conmigo, Jesús, lo que Te plazca. Yo Te adoraré en todas partes. Y que se haga en mí Tu Voluntad, ¡oh Señor y Dios mío!, y yo glorificaré Tu infinita Misericordia´. Después de este acto de sumisión cesaron estos terribles tormentos. De repente vi a Jesús que me dijo: `Yo estoy siempre en tu corazón´. Un gozo inconcebible inundó mi alma y [llenó] de gran Amor de Dios que inflamó mi pobre corazón. Veo que Dios nunca permite [sufrimientos] por encima de lo que podemos soportar. ¡Oh, no temo nada!; si manda al alma grandes tribulaciones, la sostiene con una gracia aún mayor, aunque no la notamos para nada. Un solo acto de confianza en tal momento da más gloria a Dios que muchas horas pasadas en el gozo de consolaciones durante la oración. Ahora veo que si Dios quiere mantener a un alma en la oscuridad, no la iluminará ningún libro ni confesor”(Diario, 78).

Si el Señor quiere llevar un alma a través de tales sufrimientos, que no tenga miedo, sino que sea fiel a Dios en todo lo que depende de ella. Dios no hará daño al alma, porque es el Amor Mismo y por este Amor inconcebible la llamó a la existencia. Pero cuando yo me encontraba angustiada, no lo comprendía” (Diario, 106).

Después de esos sufrimientos, el alma se encuentra en gran pureza de espíritu y en una gran cercanía con Dios, aunque tengo que decir que durante los tormentos espirituales, ella está cerca de Dios, pero está ciega. La mirada de su alma está envuelta en tinieblas y Dios está más cerca de esta alma sufriente, pero todo el secreto está precisamente en que ella no lo sabe. No solo afirma que Dios la ha abandonado, sino que dice ser el objeto de Su odio. ¡Qué enfermedad tan grave de la vista del alma que deslumbrada por la Luz de Dios, afirma que Él está ausente, mientras es tan fuerte que la ciega! Sin embargo, conocí después que Dios está más cerca de ella en aquellos momentos que en cualquier otra circunstancia, ya que con la ayuda normal de la gracia no podría superar las pruebas. La Omnipotencia de Dios y una gracia extraordinaria operan aquí, porque al no ser así, sucumbiría bajo el primer golpe” (Diario, 109).

¡Oh Divino Maestro, esto [es] solamente Tu obra en mi alma. Tú, oh Señor, no temes poner al alma al borde de un abismo terrible, donde ella se asusta y tiene miedo y Tú vuelves a llamarla. Estos son Tus misterios inconcebibles!” (Diario, 110).