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Reflexiones de Santa Faustina Kowalska sobre la paciencia

En diversos pasajes del Diariola Divina Misericordia en mi alma, Santa Faustina Kowalska reflexiona sobre la virtud de la paciencia, llegando a la conclusión de que es la que nos hará vencer en medio de las dificultades de la vida. Incluso, llega a afirmar que es una prueba necesaria antes de recibir una gracia extraordinaria de Dios.

Es precisamente en los momentos de contrariedad cuando la paciencia y la confianza en la Divina Misericordia nos harán alcanzar la victoria final, aunque esta se manifieste después de años.

A continuación, os dejo las reflexiones de Santa Faustina, junto con el numeral del Diario en las que podéis encontrarlas:

“Entre las más grandes dificultades y contrariedades no pierdo la paz interior ni el equilibrio en lo exterior y esto desanima a los adversarios. Entre las contrariedades, la paciencia refuerza al alma” (Diario, 607).

“¡Oh Jesús, dame fortaleza y sabiduría para atravesar esta pavorosa selva, para que mi corazón sepa soportar pacientemente el deseo ardiente de Ti, oh Señor mío! Permanezco siempre en sagrado asombro cuando siento que Te estás acercando a mí. Tú, el Soberano del trono terrible, bajas al miserable destierro y vienes a una pobre mendiga que no tiene nada más que la miseria. No sé hospedarte, ¡oh mi Príncipe!, pero Tú sabes que Te quiero con cada latido de mi corazón. Veo Tu humillación, sin embargo, Tu Majestad no disminuye a mis ojos. Sé que me amas con el amor del esposo y eso me basta, a pesar de que nos separa un gran abismo, porque Tú eres el Creador y yo Tu criatura. Pero el amor es la única explicación de nuestra unión, fuera de él todo es inconcebible. Solo con el amor se comprende la inconcebible familiaridad con la que me tratas. ¡Oh Jesús!, Tu grandeza me espanta y permanecería en un continuo asombro y temor si no me tranquilizaras Tú Mismo. Tú me haces capaz de tratar Contigo siempre antes de acercarte” (Diario, 885).

“Hay aquí cierta persona que antes era nuestra alumna. Naturalmente me ejercita en la paciencia, me visita varias veces al día. Después de cada visita estoy cansada, pero veo que es el Señor Jesús quien me ha mandado este alma. Que todo Te alabe, ¡oh Señor! La paciencia da gloria a Dios. ¡Oh, qué pobres son las almas!” (Diario, 920).

“Hay momentos en los cuales no tengo confianza en mí misma, estoy profundamente convencida de mi debilidad y miseria y comprendo que en tales momentos puedo perseverar solamente confiando en la infinita Misericordia de Dios. La paciencia, la oración y el silencio refuerzan el alma. Hay momentos en los cuales el alma debe callar y no conviene que hable con las criaturas. Aquellos son los momentos de insatisfacción de sí misma y el alma se siente débil como un niño, entonces, se agarra con toda la fuerza a Dios. En tales momentos vivo exclusivamente de la fe y cuando me siento fortalecida por la Gracia de Dios, entonces soy más valiente en la conversación y en las relaciones con el prójimo” (Diario, 944).

“Antes de cada gracia muy grande, mi alma es sometida a una prueba de paciencia, porque la siento pero no la poseo todavía. Mi espíritu se agita, pero la hora aún no ha llegado. Esos momentos son tan misteriosos que es difícil escribir de ellos” (Diario, 1084).

“No es cosa fácil soportar alegremente los sufrimientos y sobre todo los no merecidos. La naturaleza corrupta se rebela y aunque la voluntad y el intelecto están por encima del sufrimiento siendo capaces de hacer el bien a aquellos que les hacen sufrir, sin embargo, el sentimiento hace mucho ruido y como un espíritu inquieto asalta la voluntad y el intelecto, pero al ver que nada puede hacer por sí solo, se calma y se somete al intelecto y a la voluntad. Como una fealdad irrumpe en lo íntimo y hace mucho ruido al quererlo solo escuchar cuando no está atado corto por la voluntad y el intelecto” (Diario, 1152).

“Meditación. Durante la meditación, la hermana que tiene su reclinatorio al lado del mío, carraspea y tose continuamente, a veces sin interrupción. Una vez me vino la idea de cambiar de lugar para el tiempo de meditación, en vista de que era ya después de la Santa Misa; sin embargo, pensé: si cambio de lugar la hermana se dará cuenta y sentirá, quizá, un disgusto por haberme alejado de ella. He decidido continuar con la oración y en mi lugar ofreciendo a Dios un acto de paciencia. Al final de la meditación, mi alma fue inundada de tanta consolación enviada por Dios cuanta pudo soportar mi corazón y el Señor me hizo saber que si me hubiera alejado de esa hermana me habría alejado también de las gracias que descendieron sobre mi alma” (Diario, 1311).

“Retiro espiritual mensual de un día. Durante estos ejercicios espirituales, el Señor me ha dado la luz de un más profundo conocimiento de Su Voluntad y al mismo tiempo del total abandono a esta Santa Voluntad de Dios. Esta luz me ha fortalecido en una paz profunda, dándome a comprender que no debo tener miedo de nada menos del pecado. Cualquier cosa que Dios me envíe, la aceptaré con una total sumisión a Su Santa Voluntad. Dondequiera que Él me ponga, trataré de cumplir fielmente Su Santa Voluntad y todo lo que le agrade, siempre que esté en mi poder, aunque esta Voluntad de Dios fuera para mí dura y pesada como lo fue la Voluntad del Padre Celestial para con Su Hijo que rezaba en el Huerto de los Olivos. Pues me he dado cuenta de que si la Voluntad del Padre Celestial se cumple de este modo en Su Amadísimo Hijo, entonces precisamente de este mismo modo se cumplirá también en nosotros: sufrimientos, persecuciones, ultrajes, deshonor, con todo esto mi alma se asemeja a Jesús. Y cuanto más grande es el sufrimiento, tanto mejor veo que me asemejo a Jesús. Este es el camino más seguro. Si otro camino fuera mejor, Jesús me lo indicaría. Los sufrimientos no me quitan la paz en absoluto, pero, por otra parte, aunque gozo de una paz profunda, no obstante, esta paz profunda no me quita la sensación del sufrimiento. Aunque, a veces, tengo la cara inclinada hacia la tierra y las lágrimas corren en abundancia, sin embargo, en ese mismo momento mi alma goza de una paz profunda y de felicidad…” (Diario, 1394).

“He aprendido que la mayor fuerza está oculta en la paciencia. Veo que la paciencia siempre conduce a la victoria, aunque no inmediatamente, pero la victoria se manifestará después de años. La paciencia va unida a la mansedumbre” (Diario, 1514).

“En los momentos de dudas no actuaré, sino que buscaré cuidadosamente una explicación entre el clero y especialmente en mi director espiritual. No justificarme de los reproches y las observaciones hechas por cualquiera, excepto el caso de ser interrogada directamente para dar testimonio de la verdad. Escuchar con gran paciencia las confidencias de los demás, encargarme de sus sufrimientos, confortándolos, y sumergir mis propios sufrimientos en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Nunca salir de las profundidades de Su Misericordia e introducir en ella al mundo entero” (Diario, 1550).

Tengo sed de ti

Hoy quiero compartir con vosotros la oración Tengo sed de ti, escrita por la Madre Teresa de Calcuta, en la que describe perfectamente el infinito Amor que Jesucristo siente por cada persona.

Os recomiendo que la leáis con detenimiento porque, al estar escrita en primera persona, es como si cada palabra fuera pronunciada por Jesús, lo que la convierte en una oración capaz de traspasar el corazón.

Al encontrarnos en Adviento, que es un tiempo de espera confiada en el Señor, la oración Tengo sed de ti nos recuerda que el Amor y la Misericordia de Dios no conocen límites.

Jesús desea darse a cada persona para transformar su vida. Él puede cambiar cualquier situación personal, es capaz de solucionar todo tipo de problemas o dificultades e incluso quiere sanarnos. Lo único que nos pide para que Él pueda actuar es que le abramos nuestro corazón con fe, confiando plenamente en su infinito Amor.

La Divina Misericordia de Jesucristo, además de actuar en el perdón de los pecados, se manifiesta también en su Poder transformador, que es capaz de rehacer la vida de toda persona. Por tanto, os animo a compartir con el Señor cualquier dificultad que estéis atravesando para que Él pueda transformarla.

“Mira que estoy a la puerta y llamo…”

(Apocalipsis 3, 20).

Es verdad. Estoy a la puerta de tu corazón, de día y de noche. Aun cuando no estás escuchando, aun cuando dudes que pudiera ser Yo, ahí estoy: esperando la más pequeña señal de respuesta, hasta la más pequeña sugerencia de invitación que Me permita entrar.

Y quiero que sepas que cada vez que Me invitas, Yo vengo siempre, sin falta. Vengo en silencio e invisible, pero con un poder y un amor infinitos, trayendo los muchos dones de Mi Espíritu. Vengo con Mi misericordia, con Mi deseo de perdonarte y de sanarte, con un amor hacia ti que va más allá de tu comprensión. Un amor en cada detalle, tan grande como el Amor que he recibido de Mi Padre (“Yo les he amado a ustedes como el Padre Me ama a Mí…, Jn. 15,10). Vengo deseando consolarte y darte fuerza, levantarte y vendar todas tus heridas. Te traigo Mi luz, para disipar tu oscuridad y todas tus dudas. Vengo con Mi poder, que me permite cargarte a ti con Mi gracia, para tocar tu corazón y transformar tu vida. Vengo con Mi paz, para tranquilizar tu alma.

Te conozco como la palma de mi mano, sé todo acerca de ti, hasta los cabellos de tu cabeza he contado. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para Mí. Te he seguido a través de los años y siempre te he amado, hasta en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas. Conozco tus necesidades y tus preocupaciones y, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que Te amo, no por lo que has hecho o dejado de hacer, Te amo por ti, por la belleza y la dignidad que Mi Padre te dio al crearte a Su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero Te amo como eres y he derramado Mi Sangre para rescatarte. Si solo me lo pides con fe, Mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida: Yo te daré la fuerza para librarte del pecado y de todo su poder destructor.

Sé lo que hay en tu corazón, conozco tu soledad y todas tus heridas, los rechazos, los juicios, las humillaciones. Yo lo sobrellevé todo antes que tú. Y todo lo sobrellevé por ti, para que pudieras compartir Mi fuerza y Mi victoria. Conozco, sobre todo, tu necesidad de amor, sé qué tan sediento estás de amor y de ternura. Pero cuántas veces has deseado satisfacer tu sed en vano, buscando ese amor con egoísmo, tratando de llenar el vacío dentro de ti con placeres pasajeros, con el vacío aún mayor del pecado. ¿Tienes sed de amor?

“Vengan a Mí todos los que tengan sed…” (Jn. 7,37). Yo te saciaré y te llenaré. ¿Tienes sed de ser amado? Te amo más de lo que te puedes imaginar…, hasta el punto de morir en la Cruz por ti.

TENGO SED DE TI. Sí, esa es la única manera en que apenas puedo empezar a describir mi amor. TENGO SED DE TI. Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Tan precioso eres para Mí que TENGO SED DE TI. Ven a Mí y llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una nueva creación y te daré la paz aun en tus pruebas. TENGO SED DE TI. Nunca debes dudar de Mi Misericordia, de Mi deseo de perdonarte, de Mi anhelo por bendecirte y vivir Mi vida en ti, y de que te acepto sin importar lo que hayas hecho. TENGO SED DE TI. Si te sientes de poco valor a los ojos del mundo, no importa. No hay nadie que me interese más en todo el mundo que tú. TENGO SED DE TI. Ábrete a Mí, ven a Mí, ten sed de Mí, dame tu vida. Yo te probaré qué tan valioso eres para Mi Corazón.

¿No te das cuenta de que Mi Padre ya tiene un plan perfecto para transformar tu vida a partir de este momento? Confía en Mí. Pídeme todos los días que entre y que me encargue de tu vida y lo haré. Te prometo ante Mi Padre en el Cielo que haré milagros en tu vida. ¿Por qué haría Yo esto? PORQUE TENGO SED DE TI. Lo único que te pido es que te confíes completamente a Mí. Yo haré todo lo demás.

Desde ahora, ya veo el lugar que Mi Padre te ha preparado en Mi Reino. Recuerda que eres peregrino en esta vida viajando a casa. El pecado nunca te puede satisfacer ni traerte la paz que anhelas. Todo lo que has buscado fuera de Mí solo te ha dejado más vacío, así que no te ates a las cosas de este mundo; pero, sobre todo, no te alejes de Mí cuando caigas. Ven a Mí sin tardanza porque cuando me das tus pecados, me das la alegría de ser tu Salvador. No hay nada que Yo no pueda perdonar y sanar, así que ven ahora y descarga tu alma.

No importa cuánto hayas andado sin rumbo, no importa cuántas veces me hayas olvidado, no importa cuántas cruces lleves en esta vida, hay algo que quiero que siempre recuerdes y que nunca cambiará. TENGO SED DE TI, tal y como eres. No tienes que cambiar para creer en Mi Amor, ya que será tu confianza en ese Amor la que te hará cambiar. Tú te olvidas de Mí y, sin embargo, Yo te busco a cada momento del día y estoy ante las puertas de tu corazón, llamando. ¿Encuentras esto difícil de creer? Entonces, mira la Cruz, mira Mi Corazón que fue traspasado por ti. ¿No has comprendido Mi Cruz?, entonces escucha de nuevo las palabras que dije en ella, te dicen claramente por qué Yo soporté todo esto por ti: “… TENGO SED” (Jn. 19, 28). Sí, TENGO SED DE TI. Como el resto del salmo que Yo estaba rezando dice de Mí: “… esperé compasión inútilmente, esperé alguien que me consolara y no lo hallé” (Salmo 69:20). Toda tu vida he estado deseando tu amor. Nunca he cesado de buscarlo y de anhelar que Me correspondas. Tú has probado muchas cosas en tu afán por ser feliz. ¿Por qué no intentas abrirme tu corazón, ahora mismo, abrirlo más de lo que lo has hecho antes?

Cuando finalmente abras las puertas de tu corazón y finalmente te acerques lo suficiente, entonces Me oirás decir una y otra vez, no en meras palabras humanas sino en espíritu: “no importa qué es lo que hayas hecho, Te amo por ti mismo. Ven a Mí con tu miseria y tus pecados, con tus problemas y necesidades, y con todo tu deseo de ser amado. Estoy a la puerta de tu corazón y llamo…, ábreme, porque TENGO SED DE TI…”.

“Jesús es Dios, por lo tanto Su Amor y Su

Sed son infinitos. Él, Creador del Universo.

Pidió el amor de sus criaturas. Tiene sed

de nuestro amor… Estas palabras:

‘Tengo sed’. ¿Tienen un eco en nuestra alma?”.

Madre Teresa de Calcuta.

La Difusión de la Divina Misericordia

Tras haber escrito en los posts anteriores sobre la Imagen de Jesús Misericordioso, la Hora de la Misericordia, la Coronilla y la Fiesta de la Divina Misericordia, hoy quiero centrarme en la última de las formas de culto a la Divina Misericordia, que consiste en su Difusión.

Como siempre, haré referencia a las revelaciones que Jesucristo transmitió a Sor Faustina Kowalska y que quedaron plasmadas en su Diario, la Divina Misericordia en Mi Alma, que de nuevo os invito a leer, dada su trascendencia. Encontraréis las palabras de Jesús remarcadas en color negrita, con indicación del numeral del Diario en las que podéis leerlas.

Las promesas de la difusión

Sor Faustina Kowalska relata en su Diario que Dios prometió una gran gracia, especialmente a ti y a todos los que proclamen esta gran Misericordia Mía. Yo Mismo los defenderé en la hora de la muerte como Mi Gloria aunque los pecados de las almas sean negros como la noche; cuando un pecador se dirige a Mi Misericordia, Me rinde la mayor gloria y es un honor para Mi Pasión” (Diario, 378).

Con las almas que recurran a Mi Misericordia y con las almas que glorifiquen y proclamen Mi gran Misericordia a los demás, en la hora de la muerte Me comportaré según Mi infinita Misericordia” (Diario, 379).

En otro pasaje del Diario, Sor Faustina cuenta que escuchó estas palabras cuando fue a la adoración:

Hija Mía amada, apunta estas palabras: Mi Corazón ha descansado hoy en este convento. Habla al mundo de Mi Misericordia, de Mi Amor.

Me queman las llamas de la Misericordia, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. ¡Oh, qué dolor Me dan cuando no quieren aceptarlas!

Hija Mía, haz lo que esté en tu poder para difundir la devoción a Mi Misericordia. Yo supliré lo que te falta. Dile a la humanidad doliente que se abrace a Mi Corazón Misericordioso y Yo la llenaré de paz.

Di, hija Mía, que soy el Amor y la Misericordia Mismos. Cuando un alma se acerca a Mí con confianza, la colmo con tal abundancia de gracias que ella no puede contenerlas en sí misma, sino que las irradia sobre otras almas” (Diario, 1074).

A las almas que propagan la devoción a Mi Misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa [protege] a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas Juez sino Salvador Misericordioso. En esta última hora el alma no tiene nada en su defensa fuera de Mi Misericordia. Feliz el alma que durante la vida se ha sumergido en la Fuente de la Misericordia, porque no la alcanzará la Justicia” (Diario, 1075).

Sor Faustina narra en su Diario que el Señor le dijo: “Escribe, hija Mía, estas palabras: Todas las almas que adoren Mi Misericordia y propaguen la devoción invitando a otras almas a confiar en Mi Misericordia no experimentarán terror en la hora de la muerte. Mi Misericordia las protegerá en ese último combate” (Diario, 1540).

Hija Mía, no dejes de proclamar Mi Misericordia para aliviar Mi Corazón, que arde del fuego de compasión por los pecadores. Diles a Mis sacerdotes que los pecadores más empedernidos se ablandarán bajo sus palabras cuando ellos hablen de Mi Misericordia insondable, de la compasión que tengo por ellos en Mi Corazón. A los sacerdotes que proclamen y alaben Mi Misericordia, les daré una fuerza prodigiosa y ungiré sus palabras y sacudiré los corazones a los cuales hablen” (Diario, 1521).

Confianza en la Divina Misericordia

A lo largo del Diario, Sor Faustina va escribiendo todas las revelaciones que Jesús le transmite sobre su Divina Misericordia y el deseo que Nuestro Señor tiene de que todas las almas confíen plenamente en su infinita Misericordia.

En cada alma cumplo la obra de la Misericordia, y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi Misericordia. Quien confía en Mi Misericordia no perecerá porque todos sus asuntos son Míos y los enemigos se estrellarán a los pies de Mi escabel” (Diario, 723).

Que los más grandes pecadores [pongan] su confianza en Mi Misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi Misericordia. Hija Mía, escribe sobre Mi Misericordia para las almas afligidas. Me deleitan las almas que recurren a Mi Misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar aun al pecador más grande si él suplica Mi Compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable Misericordia. Escribe: Antes de venir como Juez Justo abro de par en par la puerta de Mi Misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi Misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi Justicia” (Diario, 1146).

Hija Mía, deleite y complacencia Mía, nada Me detendrá en concederte gracias. Tu miseria no es un obstáculo para Mi Misericordia. Hija Mía, escribe que cuanto más grande es la miseria de un alma, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi Misericordia e [invita] a todas las almas a confiar en el inconcebible abismo de Mi Misericordia, porque deseo salvarlas a todas. En la Cruz, la Fuente de Mi Misericordia fue abierta de par en par por la lanza para todas las almas, no he excluido a ninguna” (Diario, 1182).

De todas Mis llagas, como de arroyos, fluye la Misericordia para las almas, pero la herida de Mi Corazón es la Fuente de la Misericordia sin límites, de esta fuente brotan todas las gracias para las almas. Me queman las llamas de Compasión, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Habla al mundo entero de Mi Misericordia” (Diario, 1190).

Hija Mía, ¿crees, quizá, que hayas escrito suficiente sobre Mi Misericordia? Lo que has escrito es apenas una gotita frente a un océano. Yo soy el Amor y la Misericordia Misma; no existe miseria que pueda medirse con Mi Misericordia, ni la miseria la agota, ya que desde el momento en que se da [Mi Misericordia] aumenta. El alma que confía en Mi Misericordia es la más feliz porque Yo Mismo tengo cuidado de ella” (Diario, 1273).

Secretaria Mía, escribe que soy más generoso para los pecadores que para los justos. Por ellos he bajado a la Tierra…. Por ellos he derramado Mi Sangre; que no tengan miedo de acercase a Mí, son los que más necesitan Mi Misericordia” (Diario, 1275).

Has de saber que cada vez que vienes a Mí humillándote y pidiendo perdón, Yo derramo sobre tu alma una inmensidad de gracias y tu imperfección desaparece ante Mí y veo solamente tu amor y tu humildad. No pierdes nada, sino que ganas mucho” (Diario, 1293).

He abierto Mi Corazón como una Fuente viva de Misericordia. Que todas las almas tomen vida de ella. Que se acerquen con gran confianza a este mar de Misericordia. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en Mi Misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con Mi Paz Divina” (Diario, 1520).

Diles a las almas que no pongan obstáculos en sus propios corazones a Mi Misericordia que desea muchísimo obrar en ellos. Mi Misericordia actúa en todos los corazones que le abren su puerta; tanto el pecador como el justo necesitan Mi Misericordia. La conversión y la perseverancia son las gracias de Mi Misericordia” (Diario, 1577).

Que las almas que tienden a la perfección adoren especialmente Mi Misericordia, porque la abundancia de gracias que les concedo proviene de Mi Misericordia. Deseo que estas almas se distingan por una confianza sin límites en Mi Misericordia. Yo Mismo Me ocupo de la santificación de estas almas, les daré todo lo que sea necesario para su santidad. Las gracias de Mi Misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son Mi gran consuelo, porque en tales almas vierto todos los tesoros de Mis gracias. Me alegro de que pidan mucho, porque Mi deseo es dar mucho, muchísimo. Me pongo triste, en cambio, si las almas piden poco, estrechan sus corazones” (Diario, 1578).

Has de saber, hija Mía, que Mi Corazón es la Misericordia Misma. De este mar de Misericordia las gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí, se ha retirado sin consuelo. Toda miseria se hunde [en] Mi Misericordia y de este manantial brota toda gracia, salvadora y santificante. Hija Mía, deseo que tu corazón sea la sede de Mi Misericordia. Deseo que esta Misericordia se derrame sobre el mundo entero a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede retirarse sin confiar en esta Misericordia Mía que tanto deseo para las almas. Reza, cuanto puedas, por los agonizantes, impetra para ellos la confianza en Mi Misericordia, porque son ellos los que más necesitan la confianza, quienes la tienen muy poca. Has de saber que la gracia de la salvación eterna de algunas almas en el último momento dependió de tu oración. Tú conoces todo el abismo de Mi Misericordia, entonces recoge de ella para ti y especialmente para los pobres pecadores. Antes el Cielo y la Tierra se vuelven a la nada, que Mi Misericordia deje de abrazar a un alma confiada” (Diario, 1777).

¡Cuánto deseo la salvación de las almas! Mi queridísima secretaria, escribe que deseo derramar Mi Vida Divina en las almas humanas y santificarlas, con tal de que quieran acoger Mi Gracia. Los más grandes pecadores llegarían a una gran santidad si confiaran en Mi Misericordia. Mis entrañas están colmadas de Misericordia que está derramada sobre todo lo que he creado. Mi deleite es obrar en el alma humana, llenarla de Mi Misericordia y justificarla. Mi reino en la Tierra es Mi Vida en las almas de los hombres. Escribe, secretaria Mía, que el director de las almas lo soy Yo Mismo directamente, mientras indirectamente las guío por medio de los sacerdotes y conduzco a cada una a la santidad por el camino que conozco solamente Yo” (Diario, 1784).

Escribe: Todo lo que existe está encerrado en las entrañas de Mi Misericordia más profundamente que un niño en el seno de la madre. ¡Cuán dolosamente Me hiere la desconfianza en Mi Bondad! Los pecados de desconfianza son los que Me hieren más penosamente” (Diario, 1076).

¡Oh, cuánto Me duele que muy rara vez las almas se unan a Mí en la Santa Comunión! Espero a las almas y ellas son indiferentes a Mí. Las amo con tanta ternura y sinceridad y ellas desconfían de Mí. Deseo colmarlas de gracias y ellas no quieren aceptarlas. Me tratan como una cosa muerta, mientras que Mi Corazón está lleno de Amor y Misericordia. Para que tú puedas conocer al menos un poco Mi dolor, imagina a la más tierna de las madres que ama grandemente a sus hijos, mientras que esos hijos desprecian el amor de la madre. Considera su dolor. Nadie puede consolarla. Esta es solo una imagen débil y una tenue semejanza de Mi Amor” (Diario, 1447).

Escribe de Mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la Misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido, no es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. ¡Oh, infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia! Lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde” (Diario, 1448).

Estoy muy contento de que no hayas hablado Conmigo, y que hayas dado a conocer Mi Bondad a las almas y las hayas invitado a amarme” (Diario, 404).

Sor Faustina también reflexiona sobre la Divina Misericordia de Jesucristo:

¡Oh, qué ardiente es mi deseo de que cada alma glorifique Tu Misericordia! Feliz el alma que invoca la Misericordia del Señor. Experimentará lo que ha dicho el Señor, es decir, que la defenderá como su Gloria, ¿y quién se atreverá a luchar contra Dios? Que toda alma exalte la Misericordia del Señor con la confianza en Su Misericordia, durante toda su vida y especialmente en la hora de la muerte. Alma querida, no tengas miedo de nada, quienquiera que seas; y cuanto más grande es el pecador, tanto mayor derecho tiene a Tu Misericordia, Señor. ¡Oh, Bondad inconcebible! Dios es el primero en humillarse hacia el pecador. ¡Oh Jesús, deseo glorificar Tu Misericordia para miles de almas! Yo sé bien, ¡oh Jesús, que debo hablar a las almas de Tu Bondad, de Tu inconcebible Misericordia!” (Diario, 598).

La Segunda Venida

Sor Faustina Kowalska explica en su Diario que “durante la meditación matutina me envolvió la presencia de Dios de modo singular, mientras reflexionaba sobre la grandeza infinita de Dios y, al mismo tiempo, sobre su condescendencia hacia la criatura. Entonces vi a la Santísima Virgen que me dijo”:

¡Oh, cuán agradable es para Dios el alma que sigue fielmente la inspiración de Su Gracia! Yo di al mundo el Salvador y tú debes hablar al mundo de Su gran Misericordia y preparar al mundo para Su Segunda Venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. ¡Oh, qué terrible es ese día! Establecido está ya el Día de la Justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante ese día. Habla a las almas de esa gran Misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la Misericordia. Si ahora tú callas, en aquel día tremendo responderás por un gran número de almas. No tengas miedo de nada, permanece fiel hasta el fin, yo te acompaño con mis sentimientos” (Diario, 635).

En este sentido, Sor Faustina afirma que “los canales de las gracias divinas están abiertos para nosotros, tratemos de aprovecharlos antes de que venga el Día de la Justicia de Dios y [será] un día terrible” (Diario, 1159).

Asimismo, en un pasaje del Diario, Sor Faustina relata lo siguiente:

Una vez, cuando pregunté al Señor cómo podía soportar tantos delitos y toda clase de crímenes sin castigarlos, el Señor me contestó”: Para castigar tengo la eternidad y ahora estoy prolongándoles el tiempo de la Misericordia, pero ¡ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita! Hija Mía, secretaria de Mi Misericordia, no solo te obligo a escribir y proclamar Mi Misericordia, sino que impetra para ellos la gracia para que también ellos adoren Mi Misericordia” (Diario, 1160).

Por último, las obras de misericordia también aparecen en el Diario como una base fundamental del culto a la Divina Misericordia y de la importancia que tienen en el Día del Juicio:

Sé, hija Mía, que lo comprendes y haces todo lo que está en tu poder, pero escríbelo para muchas almas que a veces se afligen por no tener bienes materiales, para practicar con ellos la misericordia. Sin embargo, el mérito mucho más grande lo tiene la misericordia espiritual que no necesita ni autorización ni granero siendo accesible a cualquier alma. Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá Mi Misericordia en el Día del Juicio. ¡Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque su misericordia anticiparía Mi Juicio!” (Diario, 1317).

No tengas miedo

En el Diario encontramos varios pasajes en los que Sor Faustina siente miedo a la difusión de la Divina Misericordia y cómo Jesús calma sus temores:

14. I. 1937. Hoy Jesús ha entrado en mi pequeña habitación aislada (…) y dijo: `Hija Mía, ¿por qué te dejas llevar por pensamiento de miedo?´ Contesté: `¡Oh Señor, Tú sabes por qué!´ Y me dijo: `¿Por qué?´ `Esta obra me asusta. Tú sabes que soy incapaz de cumplirla´. Y me dijo: `¿Por qué?´ `Ves que no tengo salud, no tengo instrucción, no tengo dinero, soy un abismo de miseria, tengo miedo de tratar con la gente. Jesús, yo deseo solamente a Ti, Tú puedes liberarme de esto´. Y el Señor me dijo: `Hija Mía, lo que Me has dicho es verdad. Eres muy miserable y a Mí Me ha agradado realizar la obra de la Misericordia precisamente a través de ti que eres la miseria misma. No tengas miedo, no te dejaré sola. Haz por esta causa lo que puedas, yo completaré todo lo que te falta; tú sabes lo que está en tu poder, hazlo´” (Diario, 881).

Haz lo que está en tu poder y no te preocupes por lo demás; estas dificultades demuestran que esta obra es Mía. Quédate tranquila si haces todo lo que está en tu poder” (Diario, 1295).

Cuando dieron las doce, mi alma se sumergió en un recogimiento más profundo y escuché en el alma una vez: `No tengas miedo, niña Mía, no estás sola, lucha con valor porque te sostiene Mi brazo; lucha por la salvación de las almas, invitándolas a confiar en Mi Misericordia, ya que esta es tu tarea en esta y en la vida futura´. Después de estas palabras comprendí más profundamente la Divina Misericordia. Será condenada solamente el alma que lo quiera, porque Dios no condena a nadie” (Diario, 1452).

Ejemplos de difusión de la Divina Misericordia

Para finalizar este post, os invito a que cada uno de vosotros reflexionéis sobre la forma en la que podéis difundir el culto a la Divina Misericordia de Jesucristo, ayudando a Nuestro Señor a dar a conocer su mensaje de Amor, Bondad y Misericordia sin límites hacia el hombre. Cada uno conoce sus propias virtudes y cómo puede materializar esta difusión en su vida diaria.

Algunos ejemplos pueden ser compartir el conocimiento de la Divina Misericordia con familiares, amigos y otras personas, mediante la palabra, el escrito, las redes sociales o cualquier otro medio que se os ocurra. En mi caso particular, me decidí a escribir mi blog El Amigo que Nunca Falla, que es una fuente constante de alegría, al constatar que sois muchos los que me seguís día tras día.

Pero sin duda hay miles de ejemplos más por realizar (evangelizar con la palabra a quienes lo necesiten, escribir un libro o una tesis doctoral, dar un ciclo de conferencias y un largo etcétera).

Todos ellos serán enormemente valorados por Jesucristo, ya que serán una muestra de amor hacia Él y de confianza en su Bondad. Además, estaréis haciendo una obra de misericordia por el prójimo, ayudando a salvar a muchos pecadores, tal y como Jesús desea. La Difusión de la Divina Misericordia se convierte así en una forma de agradecimiento a Jesucristo por su gran obra de Redención en la Cruz.

Homilía del Papa Francisco en la Misa de la Fiesta de la Divina Misericordia

El Papa Francisco ha presidido en la Plaza de San Pedro una Misa con motivo de la Fiesta de la Divina Misericordia, que el propio Jesucristo ordenó celebrar en el mundo entero el primer domingo tras la Pascua de Resurrección, tal y como le transmitió a Sor Faustina Kowalska en 1931.

La Fiesta tiene el rango más alto de entre todas las formas de culto a la Divina Misericordia, debido a la magnitud de las promesas que Jesús reveló a Sor Faustina.

A continuación, os dejo el texto completo de la homilía del Papa Francisco, en las que el Sumo Pontífice ha destacado que la Misericordia de Dios es más grande que la miseria del hombre “porque Él es Misericordia y obra maravillas en nuestras miserias”.

En el Evangelio de hoy aparece varias veces el verbo ver: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20); luego, dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor» (v. 25). Pero el Evangelio no describe al Resucitado ni cómo le vieron; solo hace notar un detalle: «Les enseñó las manos y el costado» (v. 20). Es como si quisiera decirnos que los discípulos reconocieron a Jesús de ese modo: a través de sus llagas. Lo mismo sucedió a Tomás; también él quería ver «en sus manos la señal de los clavos» (v. 25) y después de haber visto creyó (v. 27).

A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verle en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su Amor. El Evangelio llama a Tomás «Dídimo» (v. 24), es decir, mellizo, y en su actitud es verdaderamente nuestro hermano mellizo. Porque tampoco para nosotros es suficiente saber que Dios existe; no nos llena la vida un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por más que sea Justo y Santo. No, tenemos también la necesidad de “ver a Dios”, de palpar que Él ha resucitado por nosotros.

¿Cómo podemos verle? Como los discípulos, a través de sus llagas. Al mirarlas, ellos comprendieron que su Amor no era una farsa y que les perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien le renegó y quien le abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el Amor inmenso que brota de su Corazón. Es entender que su Corazón palpita por mí, por ti, por cada uno de nosotros. Queridos hermanos y hermanas: Podemos considerarnos y llamarnos cristianos, y hablar de los grandes valores de la fe, pero, como los discípulos, necesitamos ver a Jesús tocando su Amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría (cf. vv. 19- 20) que son más sólidas que cualquier duda.

Tomás, después de haber visto las llagas del Señor, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Quisiera llamar la atención sobre este adjetivo que Tomás repite: `mío´. Es un adjetivo posesivo y, si reflexionamos, podría parecer fuera de lugar atribuirlo a Dios: ¿Cómo puede Dios ser mío? ¿Cómo puedo hacer mío al Omnipotente? En realidad, diciendo `mío´ no profanamos a Dios, sino que honramos su Misericordia, porque Él es el que ha querido hacerse nuestro. Y como en una historia de amor, le decimos: Te hiciste hombre por mí, moriste y resucitaste por mí, y entonces no eres solo Dios; eres mi Dios, eres mi vida. En Ti he encontrado el amor que buscaba y mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.

Dios no se ofende de ser nuestro, porque el Amor pide intimidad, la Misericordia suplica confianza. Cuando Dios comenzó a dar los Diez Mandamientos ya decía: «Yo soy el Señor, tu Dios» (Ex 20,2) y reiteraba: «Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (v. 5). He aquí la propuesta de Dios, amante celoso que se presenta como tu Dios. Y la respuesta brota del corazón conmovido de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Entrando hoy en el misterio de Dios a través de las llagas, comprendemos que la Misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su Corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor.

¿Cómo saborear este Amor, cómo tocar hoy con la mano la Misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el Amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar. Pero ir a confesarse parece difícil, porque nos viene la tentación ante Dios de hacer como los discípulos en el Evangelio: atrincherarnos con las puertas cerradas. Ellos lo hacían por miedo y nosotros también tenemos miedo, vergüenza de abrirnos y decir los pecados. Que el Señor nos conceda la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro. Cuando sentimos vergüenza, debemos estar agradecidos: quiere decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal. El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al perdón.

Existe, en cambio, una puerta cerrada ante el perdón del Señor, la de la resignación. La experimentaron los discípulos, que en la Pascua constataban amargamente que todo había vuelto a ser como antes. Estaban todavía allí, en Jerusalén, desalentados; el capítulo Jesús parecía terminado y después de tanto tiempo con Él nada había cambiado. También nosotros podemos pensar: Soy cristiano desde hace mucho tiempo y, sin embargo, no cambia nada, cometo siempre los mismos pecados. Entonces, desalentados, renunciamos a la misericordia. Pero el Señor nos interpela: “¿No crees que Mi Misericordia es más grande que tu miseria? ¿Eres reincidente en pecar? Sé reincidente en pedir misericordia, y veremos quién gana”. Además —quien conoce el sacramento del perdón lo sabe—, no es cierto que todo sigue como antes. En cada perdón somos renovados, animados, porque nos sentimos cada vez más amados. Y cuando siendo amados caemos, sentimos más dolor que antes. Es un dolor benéfico, que lentamente nos separa del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es recibir el perdón de Dios y seguir adelante, de perdón en perdón.

Además de la vergüenza y la resignación, hay otra puerta cerrada, a veces blindada: nuestro pecado. Cuando cometo un pecado grande, si yo —con toda honestidad— no quiero perdonarme, ¿por qué debe hacerlo Dios? Esta puerta, sin embargo, está cerrada solo de una parte, la nuestra; que para Dios nunca es infranqueable. A Él, como enseña el Evangelio, le gusta entrar precisamente “con las puertas cerradas”, cuando todo acceso parece bloqueado. Allí Dios obra maravillas. Él no decide jamás separarse de nosotros, somos nosotros los que le dejamos fuera. Pero cuando nos confesamos acontece lo inaudito: descubrimos que precisamente ese pecado, que nos mantenía alejados del Señor, se convierte en el lugar del encuentro con Él. Allí, el Dios herido de Amor sale al encuentro de nuestras heridas. Y hace que nuestras llagas miserables sean similares a sus llagas gloriosas. Porque Él es Misericordia y obra maravillas en nuestras miserias. Pidamos hoy como Tomás la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, en su Misericordia nuestra esperanza.