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La gracia de la Divina Misericordia

Santa Faustina Kowalska destaca en diversos pasajes de su Diario, la Divina Misericordia en mi alma cómo la misericordia de Dios actúa con toda su fuerza aún en el mayor pecador. Se trata de una gracia infinita, que no cesa ni se agota, y que siempre está a disposición de toda persona, más allá de los pecados que haya podido cometer.

Incluso ella misma relata ciertos momentos en los que siente debilidad en su alma, hallando consuelo únicamente en Dios: “cuanto más miserable es mi alma, tanto mejor siento que el mar de la misericordia de Dios me absorbe y me da una enorme fuerza y fortaleza” (Diario, 225).

A continuación, os traslado sus propias reflexiones sobre la gracia de la Divina Misericordia y también las palabras que le transmitió Jesús, que como es habitual os destaco en color negrita, con indicación de los numerales del Diario en los que podéis encontrar su testimonio.

Al final del primer año de noviciado, mi alma empezó a oscurecer. No sentía ningún consuelo en la oración, la meditación venía con gran esfuerzo, el miedo empezó a apoderarse de mí. Penetré más profundamente en mi interior y lo único que vi fue una gran miseria. Vi también claramente la gran santidad de Dios, no me atrevía a levantar los ojos hacia Él, pero me postré como polvo a sus pies y mendigué Su misericordia.

Pasaron casi seis meses y el estado de mi alma no cambió nada. Nuestra querida Madre Superiora me daba ánimo [en] esos momentos difíciles. Sin embargo, este sufrimiento aumentaba cada vez más y más. Se acercaba el segundo año del noviciado. Cuando pensaba que debía hacer los votos, mi alma se estremecía. No entendía lo que leía, no podía meditar. Me parecía que mi oración no agradaba a Dios. Cuando me acercaba a los Santos Sacramentos me parecía que ofendía aún más a Dios. Sin embargo, el confesor no me permitió omitir ni una sola Santa Comunión. Dios actuaba en mi alma de modo singular. No entendía absolutamente nada de lo que me decía el confesor. Las sencillas verdades de la fe se hacían incomprensibles, mi alma sufría sin poder encontrar satisfacción en alguna parte. Hubo un momento en que me vino una fuerte idea de que era rechazada por Dios. Esta terrible idea atravesó mi alma por completo. En este sufrimiento mi alma empezó a agonizar. Quería morir pero no podía (…).

Esta terrible idea de ser rechazados por Dios es un tormento que en realidad sufren los condenados. Recurría a las heridas de Jesús, repetía las palabras de confianza, sin embargo esas palabras se hacían un tormento aún más grande. Me presenté delante del Santísimo Sacramento y empecé a decir a Jesús: `Jesús, Tú has dicho que antes una madre olvide a su niño recién nacido que Dios olvide a Su criatura, y aunque ella olvide, Yo, Dios, no olvidaré a Mi criatura. Oyes, Jesús, ¿Cómo gime mi alma? Dígnate oír los gemidos dolorosos de Tu niña. En Ti confío, ¡oh Dios!, porque el Cielo y la Tierra pasarán, pero Tu Palabra perdura eternamente´. No obstante, no encontré alivio ni por un instante” (Diario, 23).

¡Oh almas humanas!, ¿dónde encontrarán refugio el día de la ira de Dios? Refúgiense ahora en la Fuente de la Divina Misericordia. ¡Oh, qué gran número de almas veo que han adorado la Divina Misericordia y cantarán el himno de gloria por la eternidad!” (Diario, 848).

A Jesús le duele especialmente que no se confíe en Él, tal y como transcribe Sor Faustina en su Diario:

La desconfianza de las almas desgarra Mis entrañas. Aún más Me duele la desconfianza de las almas elegidas; a pesar de Mi amor inagotable no confían en Mí. Ni siquiera Mi muerte ha sido suficiente para ellas. ¡Ay de las almas que abusen de ella!” (Diario, 50).

Secretaria Mía, escribe que soy más generoso para los pecadores que para los justos. Por ellos he bajado a la Tierra…. Por ellos he derramado Mi sangre; que no tengan miedo de acercase a Mí, son los que más necesitan Mi misericordia” (Diario, 1275).

Diles a las almas que no pongan obstáculos en sus propios corazones a Mi misericordia que desea muchísimo obrar en ellos. Mi misericordia actúa en todos los corazones que le abren su puerta; tanto el pecador como el justo necesitan Mi misericordia. La conversión y la perseverancia son las gracias de Mi misericordia” (Diario, 1577).

La pérdida de cada alma Me sumerge en una tristeza mortal. Tú siempre Me consuelas cuando rezas por los pecadores. Tu oración que más Me agrada es la oración por la conversión de los pecadores. Has de saber, hija Mía, que esta oración es siempre escuchada” (Diario, 1397).

Precisamente, Sor Faustina narra que a menudo ruega la misericordia de Dios por las almas:

Me relaciono a menudo con almas agonizantes impetrando para ellas la misericordia de Dios. ¡Oh, qué grande es la bondad de Dios!, más grande de lo que nosotros podemos comprender. Hay momentos y misterios de la Divina Misericordia de los cuales se asombran los cielos. Que callen nuestros juicios sobre las almas porque la Divina Misericordia es admirable para con ellas” (Diario, 1684).

Acompaño frecuentemente a las almas agonizantes e impetro para ellas la confianza en la Divina Misericordia y suplico a Dios la magnanimidad de la gracia de Dios que siempre triunfa. La Divina Misericordia alcanza al pecador a veces en el último momento, de modo particular y misterioso. Por fuera parece como si todo estuviera perdido, pero no es así; el alma iluminada por un rayo de la fuerte, y ultima, gracia divina se dirige a Dios en el último momento con tanta fuerza de amor que en ese ultimo momento obtiene de Dios [el perdón] de las culpas y de las penas, sin darnos por fuera alguna señal de arrepentimiento o de contrición, porque ya no reacciona a las cosas exteriores. ¡Oh qué insondable es la Divina Misericordia! Pero, ¡qué horror! También hay almas que rechazan voluntaria y conscientemente esta gracia y la desprecian. Aún ya en la agonía misma, Dios misericordioso da al alma un momento de lucidez interior y, si el alma quiere, tiene la posibilidad de volver a Dios. Pero a veces, en las almas hay una dureza tan grande que conscientemente eligen el infierno; frustran todas las oraciones que otras almas elevan a Dios por ellas e incluso los mismos esfuerzos de Dios” (Diario, 1698).

Para finalizar, os dejo uno de los muchos testimonios que Jesucristo transmitió a Santa Faustina Kowalska, en el que queda patente cómo actúa la gracia de su Divina Misericordia en cada alma:

Soy santo, tres veces santo y siento aversión por el menor pecado. No puedo amar al alma manchada por un pecado, pero cuando se arrepiente, entonces Mi generosidad para ella no conoce límites. Mi misericordia la abraza y justifica. Persigo a los pecadores con Mi misericordia en todos sus caminos y Mi Corazón se alegra cuando ellos vuelven a Mí. Olvido las amarguras que dieron a beber a Mi Corazón y Me alegro de su retorno. Di a los pecadores que ninguna escapará de Mis manos. Si huyen de Mi Corazón misericordioso, caerán en Mis manos justas. Di a los pecadores que siempre les espero, escucho atentamente el latir de sus corazones [para saber] cuándo latirán para Mí. Escribe que les hablo a través de los remordimientos de conciencia, a través de los fracasos y los sufrimientos, a través de las tormentas y los rayos, hablo con la voz de la Iglesia y si frustran todas Mis gracias, Me molesto con ellos dejándoles a sí mismos y les doy lo que desean” (Diario, 1728).

El purgatorio, el infierno y el cielo vistos por Santa Faustina Kowalska

Por orden de Dios, Santa Faustina Kowalska escribíó las visiones que tuvo del purgatorio, el infierno y el cielo en su Diario, la Divina Misericordia en mi alma, para que todo el mundo tuviera conocimiento de su existencia.

Esta gracia concedida a Santa Faustina constituye una muestra más de la Divina Misericordia, que desea la conversión de los pecadores para que puedan gozar de la vida eterna.

A continuación, os transcribo estas visiones, junto con el numeral del Diario donde podéis encontrarlas. Las palabras que aparecen entrecomilladas en negrita son de Jesucristo.

Visión del purgatorio

Vi al Ángel de la Guarda que me dijo seguirlo. En un momento me encontré en un lugar nebuloso, lleno de fuego y había allí una multitud de almas sufrientes. Estas almas estaban orando con gran fervor, pero sin eficacia para ellas mismas, sólo nosotros podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban, a mí no me tocaban. Mi Ángel de la Guarda no me abandonó ni por un solo momento. Pregunté a estas almas cuál era su mayor tormento. Y me contestaron unánimemente que su mayor tormento era la añoranza de Dios. Vi a la Madre de Dios que visitaba a las almas en el purgatorio. Las almas llaman a María “La Estrella del Mar”. Ella les trae alivio. Deseaba hablar más con ellas, sin embargo mi Ángel de la Guarda me hizo seña de salir. Salimos de esa cárcel de sufrimiento. [Oí una voz interior] que me dijo: Mi misericordia no lo desea, pero la justicia lo exige”. A partir de aquel momento me uno más estrechamente a las almas sufrientes (Diario, 20).

Visión del infierno

Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la perdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es.

Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de ello, tengo la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, ¡qué terriblemente sufren allí las almas! Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. ¡Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado! (Diario, 741).

Visión del Cielo

27 XI [1936]. Hoy, en espíritu, estuve en el Cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos espera después de la muerte. Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán.

Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a San Pablo que dijo: `Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman´ (Diario, 777).

Y Dios me dio a conocer una sola y única cosa que a sus ojos tiene el valor infinito, y éste es el amor de Dios, Amor, Amor y una vez más Amor, y con un acto de amor puro de Dios nada puede compararse. ¡Oh, qué inefables favores Dios concede al alma que lo ama sinceramente. Oh, felices las almas que ya aquí en la Tierra gozan de sus particulares favores, y éstas son las almas pequeñas y humildes! (Diario, 778).

Esta gran Majestad de Dios que conocí más profundamente, que los espíritus celestes adoran según el grado de la gracia y la jerarquía en que se dividen; al ver esta potencia y esta grandeza de Dios, mi alma no fue conmovida por espanto ni por temor, no, no absolutamente no. Mi alma fue llenada de paz y amor, y cuanto más conozco a Dios tanto más me alegro de que Él sea así. Y gozo inmensamente de su grandeza y me alegro de ser tan pequeña, porque por ser yo tan pequeña, me lleva en sus brazos y me tiene junto a su Corazón (Diario, 779).

¡Oh Dios mío, qué lastima me dan los hombres que no creen en la vida eterna; cuánto ruego por ellos para que los envuelva el rayo de la misericordia y para que Dios los abrace a su seno paterno! ¡Oh amor, oh Rey! (Diario, 780).

La confianza en la Divina Misericordia

Hoy quiero recordar los mensajes clave sobre la confianza en la Divina Misericordia que Jesucristo transmitió a Sor Faustina Kowalska entre 1931 y 1938, y que ella dejó recogidos en las anotaciones de su Diario, la Divina Misericordia en mi alma.

Son palabras del propio Jesús pronunciadas en pleno siglo XX. Su testimonio es revelador porque nos invita a acercarnos a Él sin miedo, confiando plenamente en su Misericordia, Bondad y Amor sin límites hacia el hombre.

¿Por qué son tan importantes las revelaciones privadas que Jesús transmitió a Santa Faustina Kowalska? Aunque la Divina Misericordia siempre ha sido el eje central de la doctrina de la Iglesia Católica desde sus orígenes,  la clave radica en la cercanía que Jesucristo desea mantener aún con el mayor pecador del mundo porque no hay pecado, por grave que sea, que Nuestro Señor no pueda perdonar a quien se arrepiente de corazón y confiesa sus pecados. Jesús desea perdonar y salvar, animando a las almas a no tener miedo de acercarse a Él.

A continuación, os dejo las palabras de Jesús remarcadas en negrita, junto con el numeral del Diario donde podéis encontrarlas. Os invito a leerlas atentamente porque pueden resultar poco conocidas y, sin embargo, tienen el enorme poder de transformar la visión que tenemos sobre el perdón de los pecados, siendo fuente de consuelo para el sufrimiento.

En cada alma cumplo la obra de la misericordia, y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia. Quien confía en Mi misericordia no perecerá porque todos sus asuntos son Míos y los enemigos se estrellarán a los pies de Mi escabel” (Diario, 723).

Que los más grandes pecadores [pongan] su confianza en Mi misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi misericordia. Hija Mía, escribe sobre Mi misericordia para las almas afligidas. Me deleitan las almas que recurren a Mi misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia. Escribe: Antes de venir como Juez justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario, 1146).

Hija Mía, deleite y complacencia Mía, nada Me detendrá en concederte gracias. Tu miseria no es un obstáculo para Mi misericordia. Hija Mía, escribe que cuanto más grande es la miseria de un alma tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia e [invita] a todas las almas a confiar en el inconcebible abismo de Mi misericordia, porque deseo salvarlas a todas. En la cruz, la fuente de Mi Misericordia fue abierta de par en par por la lanza para todas las almas, no he excluido a ninguna” (Diario, 1182).

De todas Mis llagas, como de arroyos, fluye la misericordia para las almas, pero la herida de Mi Corazón es la Fuente de la Misericordia sin límites, de esta fuente brotan todas las gracias para las almas. Me queman las llamas de compasión, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Habla al mundo entero de Mi misericordia” (Diario, 1190).

Hija Mía, ¿crees, quizá, que hayas escrito suficiente sobre Mi misericordia? Lo que has escrito es apenas una gotita frente a un océano. Yo soy el Amor y la Misericordia Misma; no existe miseria que pueda medirse con Mi misericordia, ni la miseria la agota, ya que desde el momento en que se da [mi misericordia] aumenta. El alma que confía en Mi misericordia es la más feliz porque Yo Mismo tengo cuidado de ella” (Diario, 1273).

Secretaria Mía, escribe que soy más generoso para los pecadores que para los justos. Por ellos he bajado a la Tierra…. Por ellos he derramado Mi sangre; que no tengan miedo de acercase a Mí, son los que más necesitan Mi misericordia” (Diario, 1275).

Has de saber que cada vez que vienes a Mí humillándote y pidiendo perdón, Yo derramo sobre tu alma una inmensidad de gracias y tu imperfección desaparece ante Mí y veo solamente tu amor y tu humildad. No pierdes nada, sino que ganas mucho” (Diario, 1293).

He abierto Mi Corazón como una Fuente viva de Misericordia. Que todas las almas tomen vida de ella. Que se acerquen con gran confianza a este mar de misericordia. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en Mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con Mi paz divina” (Diario, 1520).

Diles a las almas que no pongan obstáculos en sus propios corazones a Mi misericordia que desea muchísimo obrar en ellos. Mi misericordia actúa en todos los corazones que le abren su puerta; tanto el pecador como el justo necesitan Mi misericordia. La conversión y la perseverancia son las gracias de Mi misericordia” (Diario, 1577).

Que las almas que tienden a la perfección adoren especialmente Mi misericordia, porque la abundancia de gracias que les concedo proviene de Mi misericordia. Deseo que estas almas se distingan por una confianza sin límites en Mi misericordia. Yo Mismo Me ocupo de la santificación de estas almas, les daré todo lo que sea necesario para su santidad. Las gracias de Mi misericordia se toman con un solo recipiente y éste es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son Mi gran consuelo, porque en tales almas vierto todos los tesoros de Mis gracias. Me alegro de que pidan mucho, porque Mi deseo es dar mucho, muchísimo. Me pongo triste, en cambio, si las almas piden poco, estrechan sus corazones” (Diario, 1578).

Has de saber, hija Mía, que Mi Corazón es la Misericordia Misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí, se ha retirado sin consuelo. Toda miseria se hunde [en] Mi misericordia y de este manantial brota toda gracia, salvadora y santificante. Hija Mía, deseo que tu corazón sea la sede de Mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre el mundo entero a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede retirarse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas. Reza, cuanto puedas, por los agonizantes, impetra para ellos la confianza en Mi misericordia, porque son ellos los que más necesitan la confianza, quienes la tienen muy poca. Has de saber que la gracia de la salvación eterna de algunas almas en el último momento dependió de tu oración. Tú conoces todo el abismo de Mi misericordia, entonces recoge de ella para ti y especialmente para los pobres pecadores. Antes el Cielo y la Tierra se vuelven a la nada, que Mi misericordia deje de abrazar a un alma confiada” (Diario, 1777).

¡Cuánto deseo la salvación de las almas! Mi queridísima secretaria, escribe que deseo derramar Mi vida divina en las almas humanas y santificarlas, con tal de que quieran acoger Mi gracia. Los más grandes pecadores llegarían a una gran santidad si confiaran en Mi misericordia. Mis entrañas están colmadas de misericordia que está derramada sobre todo lo que he creado. Mi deleite es obrar en el alma humana, llenarla de Mi misericordia y justificarla. Mi reino en la Tierra es Mi vida en las almas de los hombres. Escribe, secretaria mía, que el director de las almas lo soy Yo Mismo directamente, mientras indirectamente las guío por medio de los sacerdotes y conduzco a cada una a la santidad por el camino que conozco solamente Yo” (Diario, 1784).

Escribe: Todo lo que existe está encerrado en las entrañas de Mi misericordia más profundamente que un niño en el seno de la madre. ¡Cuán dolosamente Me hiere la desconfianza en Mi bondad! Los pecados de desconfianza son los que Me hieren más penosamente” (Diario, 1076).

¡Oh, cuánto Me duele que muy rara vez las almas se unan a Mí en la Santa Comunión! Espero a las almas y ellas son indiferentes a Mí. Las amo con tanta ternura y sinceridad y ellas desconfían de Mí. Deseo colmarlas de gracias y ellas no quieren aceptarlas. Me tratan como una cosa muerta, mientras que Mi Corazón está lleno de Amor y Misericordia. Para que tú puedas conocer al menos un poco Mi dolor, imagina a la más tierna de las madres que ama grandemente a sus hijos, mientras que esos hijos desprecian el amor de la madre. Considera su dolor. Nadie puede consolarla. Ésta es sólo una imagen débil y una tenue semejanza de Mi Amor” (Diario, 1447).

Escribe de Mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido, no es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. ¡Oh, infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia! Lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde” (Diario, 1448).

Estoy muy contento de que no hayas hablado Conmigo, y que hayas dado a conocer Mi bondad a las almas y las hayas invitado a amarme” (Diario, 404).

La misericordia en Santa Faustina Kowalska

En el post de hoy quiero hablaros de la conferencia dada por el Doctor en Teología, Saturnino López Santidrián, en el marco del XI Encuentro Nacional de la Divina Misericordia, que ha tenido lugar en Burgos este fin de semana.

Bajo el título La misericordia en Santa Faustina y precedentes en España, el ponente ha hecho un recorrido sobre las revelaciones privadas que Jesucristo le manifestó a Santa Faustina Kowalska entre 1931 y 1938, centrándose en los rasgos de Amor y Misericordia de Dios hacia el hombre, que son claves en el culto a la Divina Misericordia.

López ha destacado que el Amor de Dios se extiende hacia todo lo hecho, con una mayor generosidad para los pecadores que para los justos, de tal manera que cuanto mayor es la miseria de un alma y mayor es el pecador, tanto más derecho tiene a la misericordia de Dios.

Esta certeza fue recogida por Santa Faustina Kowalska en su Diario, la Divina Misericordia en mi alma, en el que plasmó los mensajes que Jesucristo le iba transmitiendo.

En su conferencia, López Santidrián ha hecho referencia a varios de estos pasajes, de los que os dejo el numeral para que podáis leerlos. Como es habitual, las palabras de Jesús aparecen remarcadas en negrita.

“Que los más grandes pecadores pongan su confianza en Mi misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi misericordia. Hija Mía, escribe sobre Mi misericordia para las almas afligidas. Me deleitan las almas que recurren a Mi misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia. Escribe: antes de venir como Juez Justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia…” (Diario, 1146).

Por otra parte, López Santidrián ha resaltado que la confianza es una parte esencial del culto a la Divina Misericordia y que es preciso manifestarla con humildad y deseo de arrepentimiento, tanto a Dios como al prójimo.

En esta misma línea, López ha asegurado que “dudar del Amor de Dios, no creer, no hacer caso de este Amor, es lo peor que se puede hacer, es un sacrilegio”. Precisamente, sobre el infinito Amor de Dios hacia el hombre, el ponente recuerda las palabras que Jesús pronuncia a Santa Faustina:

“Yo soy el Amor y la Misericordia Misma; no existe miseria que pueda medirse con Mi misericordia, ni la miseria la agota, ya que desde el momento en que se da (mi misericordia) aumenta. El alma que confía en Mi misericordia es la más feliz porque Yo mismo tengo cuidado de ella” (Diario, 1273).

“Has de saber, Hija Mía, que Mi Corazón es la Misericordia Misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí, se ha retirado sin consuelo. Toda miseria se hunde en Mi misericordia y de este manantial brota toda gracia, salvadora y santificante (…). Antes el cielo y la tierra se vuelvan a la nada, que Mi misericordia deje de abrazar a un alma confiada” (Diario, 1777).

En cuanto a las nuevas formas de culto a la Divina Misericordia que Jesucristo enseñó a Santa Faustina, López Santidrián destaca que la Imagen de Jesús Misericordioso fue el inicio de estas revelaciones privadas, ya que el 22 de febrero de 1931 Jesucristo le da el mandato de hacer pintar una imagen suya con la firma al pie de “Jesús, en Ti confío”.

En 1935, Jesús le dicta a Santa Faustina la oración de la Coronilla para implorar misericordia por uno mismo y por el mundo entero.

Entre 1937 y 1938, Jesucristo le transmitió a Santa Faustina su deseo de que se venerase la Hora de la Divina Misericordia, a las 3 de la tarde, que es la hora de su muerte en la Cruz.

Especialmente importante es la celebración de la Fiesta de la Divina Misericordia, que Jesús pidió que se celebrara el primer domingo después de Pascua.

“Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de Mi misericordia. Cada alma respecto a Mí, por toda la eternidad meditará Mi amor y Mi misericordia. La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi misericordia” (Diario, 699).

Por último, la Difusión de la Divina Misericordia engloba diversas promesas de Jesús para quienes propaguen la devoción a su Misericordia. Entre ellas, la protección de la persona durante toda su vida y actuar en la hora de la muerte como Salvador Misericordioso y no como Juez.

López Santidrián quiso concluir su ponencia citando una “visión profética” que la propia Santa Faustina menciona sobre su Diario, la Divina Misericordia en mi alma:

“Llegará un momento en que esta obra que Dios recomienda tanto parecerá ser completamente destruida y de repente Dios intervendrá con gran fuerza que dará el testimonio de la veracidad. Ella (la obra) será un nuevo esplendor para la Iglesia, a pesar de estar en ella desde hace mucho tiempo. Nadie puede negar que Dios es infinitamente misericordioso; Él desea que todos lo sepan; antes de volver como Juez, desea que las almas lo conozcan como Rey de Misericordia” (Diario, 378).

El 5 de octubre se cumple el 80 aniversario de la muerte de Santa Faustina Kowalska

El 5 de octubre se cumplen 80 años de la muerte de Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia, a quien Jesucristo se le apareció entre 1931 y 1938 con la misión de transmitir a todo el mundo un pilar de la fe cristiana frecuentemente olvidado: la infinita Misericordia, Bondad y Amor de Dios hacia el hombre.

El Señor le ordenó que dejara constancia por escrito de todas sus palabras, lo que dio origen al Diario, la Divina Misericordia en mi alma, que Sor Faustina redactó plasmando el testimonio directo de Jesús sobre las 5 nuevas formas de culto a la Divina Misericordia: la Imagen de Jesús Misericordioso, la Hora de la Misericordia, la oración de la Coronilla, la Fiesta de la Divina Misericordia y la Difusión del culto a la Divina Misericordia. Todas ellas contienen promesas concretas de Jesús para quienes las practiquen con absoluta confianza en Dios y con la exigencia de realizar obras de misericordia por el prójimo. Como siempre, os recomiendo su lectura y os resalto en color negrita las palabras de Jesucristo, junto con el numeral del Diario en el que podéis leerlas.

Precisamente, sobre la misión de Santa Faustina, Nuestro Señor afirma lo siguiente:

Hija Mía, exijo que todos los momentos libres los dediques a escribir de Mi bondad y misericordia; esta es tu misión y tu tarea en toda tu vida para que des a conocer a las almas la gran misericordia que tengo con ellas y que las invites a confiar en el abismo de Mi misericordia…..” (Diario, 1567).

Hoy te envío a ti a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi Corazón misericordioso. Hago uso de los castigos cuando Me obligan a ello. Mi mano resiste a tomar la espada de la justicia. Antes del día de la justicia envío el día de la misericordia” (Diario, 1588).

Escribe sobre Mi bondad lo que te venga a la cabeza”. `Contesté: pero Señor, ¿si escribo demasiado? Y el Señor me respondió´: Hija Mía, aunque hablaras todas las lenguas de los hombres y de los ángeles a la vez, no dirías demasiado, sino que glorificarías Mi bondad, Mi misericordia insondable, apenas en una pequeña parte”.

`¡Oh, Jesús mío! Tú Mismo pon las palabras en mi boca para que pueda adorarte dignamente´.

Hija Mía, quédate tranquila, haz lo que te digo. Tus pensamientos están unidos a Mis pensamientos, pues escribe lo que te venga a la cabeza. Tú eres la secretaria de Mi misericordia; te he escogido para este cargo en ésta y en la vida futura. Quiero que así sea, a pesar de todos los obstáculos que te pondrán. Has de saber que no cambiará lo que Me agrada” (Diario, 1605).

Sor Faustina también reflexiona sobre la misión que le encomienda el Señor: “¡Oh, Jesús mío! Cada uno de Tus santos refleja en sí una de Tus virtudes, yo deseo reflejar Tu Corazón compasivo y lleno de misericordia, deseo glorificarlo. Que Tu misericordia, ¡oh Jesús!, quede impresa sobre mi corazón y mi alma como un sello y éste será mi signo distintivo en esta vida y en la otra. Glorificar Tu misericordia es la tarea exclusiva de mi vida” (Diario, 1242).

De hecho, Sor Faustina logró una estrecha unión de su alma con Dios, aunque también sufrió la lucha espiritual en su camino hacia la perfección cristiana. El Señor la colmó de gracias extraordinarias: los dones de contemplación y de profundo conocimiento del misterio de la Divina Misericordia, revelaciones, visiones, estigmas, así como los dones de profecía y de leer en las almas humanas.

Sobre su relación con Dios, Sor Faustina destaca que “ni gracias, ni revelaciones, ni éxtasis, ni ningún otro don concedido al alma la hace perfecta, sino la comunión interior de mi alma con Dios. Estos dones son solamente un adorno del alma, pero no constituyen ni la sustancia ni la perfección. Mi santidad y perfección consisten en una estrecha unión de mi voluntad con la voluntad de Dios. Dios nunca violenta nuestro libre albedrío. De nosotros depende si queremos recibir la gracia de Dios o no; si vamos a colaborar con ella o la malgastamos” (Diario, 1107).

Además, Sor Faustina se ofreció como víctima por los pecadores, experimentando diversos sufrimientos para, a través de ellos, salvar sus almas. En este sentido, anota en su Diario que “el sufrimiento es una gran gracia. A través del sufrimiento el alma se hace semejante al Salvador, el amor se cristaliza en el sufrimiento. Cuanto más grande es el sufrimiento, tanto más puro se hace el amor.” (Diario, 57).

En los últimos años de su vida, Sor Faustina desarrolló una tuberculosis que le atacó los pulmones y el sistema digestivo, falleciendo el 5 de octubre de 1938, a los 33 años de edad. Dos días después, su cuerpo fue sepultado en el cementerio de la Comunidad, situado en el jardín de la Casa de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, en Cracovia-Lagiewniki.

Posteriormente, el 25 de noviembre de 1966, durante el proceso informativo abierto para su beatificación, los restos mortales de Sor Faustina fueron trasladados a la capilla de la Congregación en Cracovia-Lagiewniki.

El 18 de abril de 1993, Sor Faustina es beatificada por el Papa Juan Pablo II en Roma el primer domingo después de Pascua (día revelado por Nuestro Señor a Sor Faustina como la Fiesta de la Misericordia).

Finalmente, el 30 de abril de 2000, la Beata Faustina es canonizada por el Papa Juan Pablo II en Roma el primer domingo después de Pascua, convirtiéndose así en la primera santa en ser canonizada en el tercer milenio y en el año jubilar 2000.

El Papa Juan Pablo II declaró el segundo domingo de Pascua como el Domingo de la Misericordia Divina en el mundo entero, estableciendo así la celebración de la Fiesta de la Divina Misericordia que Jesucristo había reclamado a Sor Faustina.

Los primeros años de Sor Faustina

Santa Faustina nació el 25 de agosto de 1905 en la aldea de Glogowiec (Polonia), en el seno de una familia de campesinos, en la que ella era la tercera de diez hermanos. Fue bautizada con el nombre de Elena Kowalska.

Tal y como ella misma relata en su Diario, sintió la llamada de Dios a una edad muy temprana: “Desde los siete años sentía la suprema llamada de Dios, la gracia de la vocación a la vida consagrada. A los siete años por primera vez oí la voz de Dios en mi alma, es decir, la invitación a una vida más perfecta. Sin embargo, no siempre obedecí la voz de la gracia. No encontré a nadie quien me aclarase esas cosas” (Diario, 7).

En otro pasaje del Diario, anota lo siguiente: “¡Oh Jesús mío! Tú sabes que desde los años más tempranos deseaba ser una gran santa, es decir, deseaba amarte con un amor tan grande como ningún alma Te amó hasta ahora. Al principio estos eran mis deseos secretos, de los cuales sabía sólo Jesús. Hoy no los alcanzo a contener en el corazón, desearía gritar al mundo entero: amad a Dios, porque es bueno y su misericordia es grande” (Diario, 1372).

A los 18 años, sintió con fuerza la vocación religiosa, pidiendo permiso a sus padres para entrar en un convento, pero ellos se lo negaron. Sor Faustina explica que “después de esa negativa me entregué a las vanidades de la vida sin hacer caso alguno a la voz de la gracia, aunque mi alma en nada encontraba satisfacción. Las continuas llamadas de la gracia eran para mí un gran tormento, sin embargo intenté apagarlas con distracciones. Evitaba a Dios dentro de mí y con toda mi alma me inclinaba hacia las criaturas. Pero la gracia divina venció en mi alma” (Diario, 8).

Durante ese mismo año tuvo una experiencia que marcó su vida. Fue invitada a una fiesta junto con su hermana Josefina, en la ciudad de Lodz:

Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de Sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome esas palabras: ¿Hasta cuándo Me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?”. En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo. Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante” (Diario, 9).

Entonces oí esas palabras: “Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento”. Me levanté de la oración, fui a casa y solucioné las cosas necesarias. Como pude, le confesé a mi hermana lo que había ocurrido en mi alma, le dije que me despidiera de mis padres, y con un solo vestido, sin nada más, llegué a Varsovia” (Diario, 10).

Cuando bajé del tren y vi que cada uno se fue por su camino, me entró miedo: ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirme si no conocía a nadie? Y dije a la Madre de Dios: María, dirígeme, guíame. Inmediatamente oí en el alma estas palabras: que saliera de la ciudad a una aldea donde pasaría una noche tranquila. Así lo hice y encontré todo tal y como la Madre de Dios me había dicho” (Diario, 11).

Al día siguiente, a primera hora regresé a la ciudad y entré en la primera iglesia que encontré y empecé a rezar para que siguiera revelándose en mí la voluntad de Dios. Las Santas Misas seguían una tras otra. Durante una oí estas palabras: “Ve a hablar con este sacerdote y dile todo, y él te dirá lo que debes hacer en adelante”. Terminada la Santa Misa fui a la sacristía y conté todo lo que había ocurrido en mi alma y pedí que me indicara en qué convento debía estar” (Diario, 12).

Al principio el sacerdote se sorprendió, pero me recomendó confiar mucho en que Dios lo arreglaría. Entretanto yo te mandaré a casa de una señora piadosa, donde tendrás alojamiento hasta que entres en un convento. Cuando me presenté en su casa, la señora me recibió con gran amabilidad. Empecé a buscar un convento, pero donde llamaba me despedían. El dolor traspasó mi corazón y dije al Señor: ayúdame, no me dejes sola. Por fin llamé a nuestra puerta” (Diario, 13).

“Cuando salió a mi encuentro la Madre Superiora, la actual Madre General Micaela, tras una breve conversación, me ordenó ir al Dueño de la casa y preguntarle si me recibía. En seguida comprendí que debía preguntar al Señor Jesús. Muy feliz fui a la capilla y pregunté a Jesús: Dueño de esta casa, ¿me recibes? Una de las hermanas de esta casa me ha dicho que Te lo pregunte”.

En seguida oí esta voz: Te recibo, estás en Mi Corazón”. Cuando regresé de la capilla, la Madre Superiora, primero me preguntó: `Pues bien, ¿te ha recibido el Señor?´ Contesté que sí. `Si el Señor te ha recibido, yo también te recibo´ (Diario, 14).

Tal fue mi ingreso. Sin embargo, por varias razones, más de un año tuve que estar en el mundo, en casa de esta piadosa señora, pero no volví ya a mi casa. En aquella época tuve que luchar contra muchas dificultades, sin embargo Dios no me escatimaba en Su gracia. Mi añoranza de Dios se hacía cada vez más grande” (Diario, 15).

Entonces, me dirigí a Dios con toda mi alma sedienta de Él. Eso fue durante la Octava de Corpus Cristi. Dios llenó mi alma con la luz interior para que lo conociera más profundamente como el bien y la belleza supremos. Comprendí cuánto Dios me amaba. Es eterno Su amor hacia mí. Eso fue durante las vísperas. Con las palabras sencillas que brotaban del corazón, hice a Dios el voto de castidad perpetua. A partir de aquel momento sentí una mayor intimidad con Dios, mi Esposo. En aquel momento hice una celdita en mi corazón donde siempre me encontraba con Jesús” (Diario, 16).

Por fin, llegó el momento cuando se abrió para mí la puerta del convento. Eso fue el primero de agosto, al anochecer, en vísperas de la fiesta de la Madre de Dios de los Ángeles. Me sentía sumamente feliz, me pareció que entré en la vida del paraíso. De mi corazón brotó una sola oración, la de acción de gracias” (Diario, 17).

Elena Kowalska se refiere en este punto a que fue aceptada el 1 de agosto de 1925 en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia en Varsovia.

Sin embargo, prosigue su relato contanto lo siguiente: “tres semanas después vi que aquí había muy poco tiempo para la oración y que muchas otras cosas me empujaban interiormente a entrar en un convento de regla más estricta. Esta idea se clavó en mi alma, pero no había en ella la voluntad de Dios. No obstante, la idea, es decir la tentación, se hacia cada vez más fuerte hasta que un día decidí hablar con la Madre Superiora y salir decididamente. Pero Dios guió las circunstancias de tal modo que no pude hablar con la Madre Superiora. Antes de acostarme, entré en una pequeña capilla y pedí a Jesús la luz en esta cuestión, pero no recibí nada en el alma, solo me llenó una extraña inquietud que no llegaba a comprender. A pesar de todo decidí que a la mañana siguiente, después de la Santa Misa, le comunicaría a la Madre Superiora mi decisión” (Diario, 18).

Volví a la celda, las hermanas estaban ya acostadas y la luz apagada. No sabia qué hacer conmigo. Me tiré al suelo y empecé a rezar con fervor para conocer la voluntad de Dios. En todas partes había un silencio como en el tabernáculo. Después de un momento, en mi celda se hizo luz y en la cortina vi el rostro muy dolorido del Señor Jesús. Había llagas abiertas en todo el rostro y dos grandes lágrimas caían en la sobrecama. Sin saber lo que todo eso significaba, pregunté a Jesús: Jesús, ¿quién te ha causado tanto dolor? Y Jesús contestó: Tú Me vas a herir dolorosamente si sales de este convento. Te llamé aquí y no a otro lugar y te tengo preparadas muchas gracias”. Pedí perdón al Señor Jesús e inmediatamente cambié la decisión que había tomado.

Al día siguiente fue día de confesión. Conté todo lo que había ocurrido en mi alma, y el confesor me contestó que había en ello una clara voluntad de Dios que debía quedarme en esta Congregación y que ni siquiera podía pensar en otro convento. A partir de aquel momento me siento siempre feliz y contenta” (Diario, 19).

El 30 de abril de 1926 recibirá el hábito y el nombre religioso de Sor María Faustina.

Para concluir este post, os dejo una de las reflexiones que Santa Faustina Kowalska escribe sobre la inmensidad de su misión, ya que es un auténtico alegato para que las almas tengan plena confianza en la Divina Misericordia de Jesucristo:

¡No te olvidaré, pobre Tierra!, aunque siento que me sumergiré inmediatamente toda en Dios, como en un océano de felicidad, eso no me impedirá volver a la Tierra y dar ánimo a las almas e invitarlas a confiar en la Divina Misericordia. Al contrario, esa inmersión en Dios me dará unas posibilidades ilimitadas de obrar” (Diario, 1582).

La lucha espiritual

En su Diario, la Divina Misericordia en mi alma, Sor Faustina Kowalska escribe los 25 consejos revelados por Jesucristo para instruirla en la lucha espiritual.

Estas revelaciones privadas son una guía dada por Jesús para combatir las tentaciones, dudas y momentos de oscuridad por los que atraviesa el alma de una persona.

Aunque Sor Faustina era un alma consagrada, podemos extraer conclusiones para la vida diaria, adaptando el mensaje de Jesús a nuestra situación particular.

El trasfondo es el mismo: Jesucristo nos invita a confiar plenamente en Él para superar cualquier dificultad y nos transmite la certeza de que siempre permanece a nuestro lado, por tanto, no debemos sentir miedo porque nunca luchamos solos.

A continuación, os dejo las palabras de Jesús remarcadas en negrita y el numeral del Diario donde podéis encontrarlas:

Hija Mía, quiero instruirte sobre la lucha espiritual. Nunca confíes en ti misma, sino que abandónate totalmente a Mi voluntad.

En el abandono, en las tinieblas y en diferentes dudas recurre a Mí y a tu director espiritual, él te responderá siempre en Mi nombre.

No te pongas a discutir con ninguna tentación, enciérrate inmediatamente en Mi Corazón.

A la primera oportunidad, revela la tentación al confesor.

Pon el amor propio en el último lugar para que no contamine tus acciones.

Sopórtate a ti misma con gran paciencia.

No descuides las mortificaciones interiores.

Justifica siempre dentro de ti la opinión de las Superioras y del confesor.

Aléjate de los murmuradores como de una peste.

Que todos se comporten como quieran, tú compórtate como Yo exijo de ti.

Observa la regla con máxima fidelidad.

Después de sufrir un disgusto, piensa qué cosa buena podrías hacer para la persona que te ha hecho sufrir.

Evita la disipación.

Calla cuando te amonestan.

No preguntes la opinión de todos sino de tu director espiritual; con él sé sincera y sencilla como una niña.

No te desanimes por la ingratitud.

No examines con curiosidad los caminos por los cuales te conduzco.

Cuando el aburrimiento y el desánimo llamen a tu corazón, huye de ti misma y escóndete en Mi Corazón.

No tengas miedo de la lucha, a menudo el solo valor atemoriza las tentaciones y no se atreven a atacarnos.

Lucha siempre con esta profunda convicción de que Yo estoy a tu lado.

No te dejes guiar por el sentimiento, porque él no siempre está en tu poder, todo el mérito está en la voluntad.

Depende siempre de las Superioras en las cosas más pequeñas.

No te hago ilusiones con la paz y los consuelos, sino que prepárate a grandes batallas.

Has de saber que ahora estás sobre un escenario donde te observan la Tierra y todo el Cielo.

Lucha como un guerrero para que pueda concederte el premio. No tengas mucho miedo, porque no estás sola (Diario, 1760).

El abandono a la confianza

Sor Faustina Kowalska relata en diversos pasajes de su Diario, la Divina Misericordia en mi alma las grandes tinieblas espirituales que padecía. No obstante, ella misma reconoce que se trata de pruebas enviadas por Dios y que pueden superarse si se confía plenamente en Jesús.

En estos momentos de oscuridad, el sentir el rechazo de Dios turba al alma, cayendo en pensamientos de desaliento, pero si la persona se abandona a la confianza total en Jesús, aunque se sienta condenada, está salvada. Solamente la desconfianza, la falta de fe y la desesperación pueden apartar a un alma de Dios.

Mi mente estaba extrañamente oscurecida, ninguna verdad me parecía clara. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una roca. No lograba sacar del corazón ni un solo sentimiento de amor hacia Él. Cuando con un acto de voluntad trataba de permanecer junto a Dios, experimentaba grandes tormentos y me parecía que con ello causaba una ira mayor de Dios. No podía absolutamente meditar tal y como meditaba anteriormente. Sentía un gran vacío en mi alma y no conseguía llenarlo con nada. Empecé a sentir el hambre y el anhelo de Dios, pero veía toda mi impotencia. Trataba de leer despacio, frase por frase y meditar del mismo modo, pero fue en vano. No comprendía nada de lo que leía. Delante de los ojos de mi alma estaba constantemente todo el abismo de mi miseria. Cuando iba a la capilla por algunos ejercicios espirituales, siempre experimentaba aún más tormentos y tentaciones. A veces, durante toda la Santa Misa luchaba con los pensamientos blasfemos que trataban de salir de mis labios. Sentía aversión por los santos sacramentos. Me parecía que no sacaba ninguno de los beneficios que los santos sacramentos ofrecen. Me acercaba [a ellos] solamente por obediencia al confesor y esa ciega obediencia era para mí el único camino que debía seguir y [mi] tabla de salvación. Cuando el sacerdote me explicó que ésas eran las pruebas enviadas por Dios y que, “con el estado en que te encuentras no sólo no ofendes a Dios, sino que le agradas mucho, es una señal que Dios te ama inmensamente y que confía en ti, porque te visita con estas pruebas”. No obstante esas palabras no me consolaron, me parecía que no se referían en nada a mí. Una cosa me extrañaba. A veces cuando sufría enormemente, en el momento de acercarme a la confesión, de repente todos estos terribles tormentos cesaban; pero cuando me alejaba de la rejilla, todos esos tormentos volvían a golpearme [con] mayor furia. Entonces me postraba delante del Santísimo Sacramento y repetía estas palabras: Aunque me mates, yo confiaré en Ti. Me parecía que agonizaba en aquellos dolores. El pensamiento que más me atormentaba era que yo era rechazada por Dios. Luego venían otros pensamientos: ¿Para qué empeñarme en las virtudes y en buenas obras? ¿Para qué mortificarme y anonadarme? ¿Para qué hacer votos? ¿Para qué rezar? ¿Para qué sacrificarme e inmolarme? ¿Para qué ofrecerme como víctima en cada paso? ¿Para qué, si ya soy rechazada por Dios? ¿Para qué estos esfuerzos? Y aquí solamente Dios sabe lo que ocurría en mi corazón” (Diario, 77).

Terriblemente atormentada por estos sufrimientos entré en la capilla y de la profundidad de mi alma dije estas palabras: Haz conmigo, Jesús, lo que Te plazca. Yo Te adoraré en todas partes. Y que se haga en mi Tu voluntad, oh Señor y Dios mío, y yo glorificaré Tu infinita misericordia. Después de este acto de sumisión cesaron estos terribles tormentos. De repente vi a Jesús que me dijo: Yo estoy siempre en tu corazón. Un gozo inconcebible inundó mi alma y [llenó] de gran amor de Dios que inflamó mi pobre corazón. Veo que Dios nunca permite [sufrimientos] por encima de lo que podemos soportar. ¡Oh, no temo nada!; si manda al alma grandes tribulaciones, la sostiene con una gracia aún mayor, aunque no la notamos para nada. Un solo acto de confianza en tal momento da más gloria a Dios que muchas horas pasadas en el gozo de consolaciones durante la oración. Ahora veo que si Dios quiere mantener a un alma en la oscuridad, no la iluminará ningún libro ni confesor”(Diario, 78).

Si el Señor quiere llevar un alma a través de tales sufrimientos, que no tenga miedo, sino que sea fiel a Dios en todo lo que depende de ella. Dios no hará daño al alma, porque es el Amor Mismo y por este amor inconcebible la llamó a la existencia. Pero cuando yo me encontraba angustiada, no lo comprendía” (Diario, 106).

Después de esos sufrimientos el alma se encuentra en gran pureza de espíritu y en una gran cercanía con Dios, aunque tengo que decir que durante los tormentos espirituales, ella está cerca de Dios, pero está ciega. La mirada de su alma está envuelta en tinieblas y Dios está más cerca de esta alma sufriente, pero todo el secreto está precisamente en que ella no lo sabe. No sólo afirma que Dios la ha abandonado, sino que dice ser el objeto de Su odio. ¡Qué enfermedad tan grave de la vista del alma que deslumbrada por la luz de Dios, afirma que Él está ausente, mientras es tan fuerte que la ciega! Sin embargo, conocí después que Dios está más cerca de ella en aquellos momentos que en cualquier otra circunstancia, ya que con la ayuda normal de la gracia no podría superar las pruebas. La omnipotencia de Dios y una gracia extraordinaria operan aquí, porque al no ser así, sucumbiría bajo el primer golpe” (Diario, 109).

¡Oh Divino Maestro, esto [es] solamente Tu obra en mi alma. Tú, oh Señor, no temes poner al alma al borde de un abismo terrible, donde ella se asusta y tiene miedo y Tú vuelves a llamarla. Estos son Tus misterios inconcebibles!” (Diario, 110).